Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia

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LOS PEQUEÑOS EPISODIOS | CAPÍTULO V | El rastro del hambre

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Agosto 12, 2019

PEQUEÑOS EPISODIOS
Seriado de crónicas promovido por Codhez con la edición de Norberto José Olivar.

Los autores de estas crónicas pertenecen a la generación de la calamidad y desde ella escriben. Seguramente, sus precariedades ya están incluidas en registros forenses sentenciados a morir de mengua, como casi todo en este país. Escriben pues, para escapar del dato frío que amenaza con disminuir el asombro y el espanto. Y es lo que intenta evitar la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) en este esfuerzo conjunto con El Nacional.

"Es mil veces más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Esta no se refleja en los grandes acontecimientos sino, más bien, en pequeños episodios personales"
(Stefan Zweig).

 

EL RASTRO DEL HAMBRE


«Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado».
Martín Caparrós.

 

Todos conocemos el hambre. Probablemente, la hemos sentido. Es como un hueco en el estómago. Duele. Un adulto sano puede aguantarla por períodos prolongados, pero una persona enferma, una persona enferma no. Tampoco un niño.
El hambre es la sensación incómoda o dolorosa causada por no ingerir suficiente energía por medio de alimentos, y también es una pareja fracturada, comiendo arepas fritas con azúcar por dos días seguidos.
El hambre, para Jonás y Elva, es la sensación de que la vida y la energía se escapan.

Escena 1
Francisco no se llama Francisco, pero mejor le llamamos así. Le avergüenza admitir que, con una carrera de Ingeniería en Informática, cenaba los restos de comida que después de las 9 de la noche sacan los mozos de un restaurante, en 5 de julio, Maracaibo.
Estuve dos semanas merodeando los mercados de Santa Rosa, en el casco central, y los restaurantes de la ciudad hasta encontrarlo.
37 años, un par de hijos que poco ve y una ex esposa. Chemisse marrón, pantalón azul, zapatos deportivos y un morral. Impecable y bien educado. Circunstancias adversas trajeron como consecuencia la pérdida de su trabajo en una compañía de camiones al vacío.
Todas las noches lo ven en los alrededores. Allí, Francisco espera, espera con un grupo de diez personas o más, a que el mozo de turno saque los restos de comida que los clientes desecharon en el plato.
—Se ven limpios, no son indigentes—, apunta un muchacho moreno que se toma el descanso reglamentario en una de las bancas del frente.
Conoce a Francisco, lo ha visto desde abril o mayo, tal vez más.
Lo que hace el muchacho moreno y sus compañeros es lo siguiente: cada noche apartan la basura del baño y demás desperdicios de los restos de comida dejados por los comensales. Así, quienes se acercan a la parte trasera del restaurante pasadas las 8 o 9 de la noche, encuentran fácilmente comida que aún no está descompuesta.
Francisco era un comensal versado.

Escena 2
El último mes que Jonás y Elva pasaron juntos, en Venezuela, fue el más feliz de su matrimonio. Trabajaban. Vivían cobijados bajo un techo paterno. Tenían algo que contarse por las noches y, sobre todo, contaban con un plato de comida seguro.
Decir que sufrieron antes de llegar a ese punto es desperdiciar letras.
Lo siguiente, ocurrido un mes antes de mudarse a la casa de los papás de la muchacha, lo muestra:
Elva abre la nevera y solo hay mayonesa. O mantequilla, no recuerda.
—Tengo hambre— exterioriza, sin energía.
Jonás la secunda.
En la nevera solo hay comida para la perra, ya cocinada, una especie de pasta de cáscaras de verduras que desecha una tía de Jonás.
Elva, con calambres en el estómago, va a la tienda a fiar un kilo de harina pan.
—Vamos a freírlas y nos las comemos así— anuncia.
Jonás la secunda, de nuevo.
Lo único que le untan a las arepas es mantequilla.
O mayonesa.
Ese día se van a la cama intranquilos.
Al amanecer, sienten la misma sensación de pérdida de energía y de vida: aún tienen hambre.
—Queda un poquito de harina. Vamos a desayunar— dice Elva.
—Ya no hay nada que echarle— responde Jonás.
Van a la tienda y vuelven a fiar, esta vez medio kilo de azúcar: comerán arepas dulces.
Un día después, Elva se desmaya. Se le baja la tensión por la circunstancia difícil. Su matrimonio peligra, ya lo ha tocado la crisis: ‘no tener dinero para comer’.

Escena 3
Juan P. es un hombre de más de 40 años que trabaja en un pulilavado en La Concepción, municipio aledaño a Maracaibo. Lo que gana no le alcanza para comer tres veces al día. Así que busca comida en la basura. En la misma basura que noche a noche Francisco revisa. A él no le avergüenza. Peor es morirse de hambre, confiesa. En el lado más oscuro de 5 de Julio, más arriba de la cuadra donde se ubica el restorán de comida rápida de letras verdes y amarillas. Espera.
El punto es estratégico. Desde allí ve, sin hacer el menor esfuerzo, cuando los mesoneros sacan las bolsas negras y las dejan listas para los comensales callejeros.
Es un día de semana, ya de noche. Casi las 10. Él no usa reloj. Justo a esa hora se topa con Francisco.
—¿Qué hay pa’ hoy? —interroga Juan P.
—Todavía no veo— responde sin ánimo un Francisco incompleto, a la mitad, debilitado por el hambre.
Ambos se incorporan a la rutina de romper las bolsas y buscar. A ellos, se unen dos personas más y un par de gatos callejeros. Como pueden, los espantan. No les dan tregua.
Es Juan P. quien encuentra un primer plato: las “verduras” de lo que fue, quizá, un hamburguesa.

Escena 4
Elva entra a uno de los salones de la escuela de Filosofía y Letras en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia. Entra con un amigo porque necesita cargar la batería de su celular.
La escena se sitúa en algún mes de 2014.
Más tarde, un grupo de estudiantes, entre ellos Jonás, anuncia que escuchará clases ahí.
Jonás, de lentes sencillos, franela negra debajo, camisa a cuadros arriba y gorro negro, no reparó tanto en la presencia de Elva como ella en la de él.
—¿Estudian Letras?— interrogó a los extraños.
Elva lo mira y lo sentencia:
—Tú y yo vamos a terminar siendo novios.
—¿Estás muy segura?
—Ya vas a ver.
Justo en ese diálogo entra la profesora. Entonces Elva, jocosamente, se despide.
—Chao, novio, nos vemos después.



Escena 5
Detrás de Ciudad de la Faría hay invasiones sin nombre. Muchas. Están ‘cundidas’ de casas por la mitad: paredes con techos de sábanas y cercas de alambre. En una estructura pueden vivir hasta tres familias.
La mayoría de quienes residen allí pertenecen a distintas etnias indígenas zulianas. Sobre todo yukpas y barí. Los patios son áridos y marrones, ni una flor, ni un fruto.
Es un día de semana, casi las 2 de la tarde, en la casa de la familia González.
Doña Zoila pone a calentar una paila con aceite en el fogón.
—Tía, ¿qué vas a freír? —pregunta uno de sus siete sobrinos.
—Harina.
Es harina. Harina sola. Un kilo de harina de trigo que había comprado en la bodega con lo obtenido por la venta de alambre dulce proveniente de la cerca de su casa.
Evidentemente, es harina frita lo que almorzarán este día.

 

Escena 6
En septiembre de 2017 Elva y Jonás se casaron. Él llevaba año y medio trabajando en una empresa de monitoreo de GPS. Ganaba bien y con eso se mantenían.
Entre las familias pagaron la boda que no fue ostentosa.
El primer síntoma de carencia lo sintieron ese diciembre.
—Estamos un poco apretados, mi amor, pero es por la fecha— le conversa Elva.
Jonás se da vuela en la cama y sitúa su estómago vacío frente a su esposa.
—Esto es normal, es solo por estos días— reconoce para darle paz a la mujer que ya empezaba a llorar en la almohada.
Fue el último mes que tuvieron de tranquilidad.

Escena 7
La transición de diciembre a enero de este año significó reducir drásticamente su consumo para poder tener comida por más de dos días.
—Más de una vez pasé 24 horas con una arepa y tres litros de agua en el estómago— recuerda la muchacha.
Perdió peso. Se le bajaba la tensión cada vez que caminaba. A su esposo, ya flaco y retirado de su trabajo, se le veían los huesos. Había renunciado la primera quincena de enero porque ya lo que le pagaban no le alcanzaba ni para ir a trabajar.
Tuvo varios trabajos esporádicos, pero nada permanente. Trataba de recuperarse; había riñas cada noche antes de dormir. El hambre, literal, acababa con el matrimonio.
Una noche cualquiera, en la habitación:
—Jonás, ¿qué vamos a comer mañana?
—Con lo que me envió mi hermana del extranjero, podemos comprar algo de comida.
Era necesario que hicieran una comida diaria, si no, se lo gastarían todo.
A los papás de la joven les comenzó a preocupar su concentración. Estar tan débil le hacía olvidar las cosas más sencillas.
Fueron cuatro meses fingiendo frente a sus padres que estaban bien.

Escena 8
Son dos adultos y dos niños: una madre, un padre, una niña y un pre púber. Ocupan el departamento de conserjería de un conjunto residencial al sur de Maracaibo.
Es viernes, a las 6.45 de la tarde, los residentes comienzan a llegar de sus trabajos con algunas pocas bolsas de compras. La familia se reúne alrededor de la mesa y yo los observo desde fuera, desde las bancas traseras.
Los veo ahora juntar sus platos y entregárselos a la matriarca. Ella va a la cocina, no sé qué va a hacer, desde aquí no alcanzo a verla. Tarda entre tres y seis minutos. Mientras, los urgidos comensales se miran, a la espera. Llevan el día sin probar bocado.
En números, 74,5% de los hogares reportan haber padecido hambre alguna vez, en los últimos tres meses de 2018, de acuerdo con una encuesta sobre Seguridad Alimentaria en la ciudad de Maracaibo, realizada por la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) a principios de septiembre.
En esa cuenta no entra el hogar de Jonás y Elva porque lo que a ellos le sucedió fue en los dos primeros trimestres de ese año.
Pero si entran Francisco, Juan P., Zoila González y la familia de esta escena.
La familia de esta escena aguarda ahora. Es lo que mejor saben hacer desde comenzaron a comer una vez al día gracias al altruismo de los vecinos.
Entonces sale la matriarca: el primer plato es para el esposo, pues es él quien provee en tiempos fructíferos, el segundo es para la princesa de la casa, la niña, la menor; y el cuarto y quinto plato es para madre e hijo pre adolescente.
¿El manjar? Arroz con lechuga aderezada con agua de mayonesa.

Esa es la cara más cruda y real de la encuesta que toma como referencia la Escala Latinoamericana y Caribeña de Seguridad Alimentaria (ELCSA), y establece los diversos grados de inseguridad alimentaria.

El grado más leve significa la preocupación generalizada por poder comprar alimentos, mientras que el moderado se manifiesta en restricciones en la variedad, calidad y raciones de los alimentos y el más severo es, sin duda, experimentar el dolor del estómago vacío.

Escena 9
Transcurre la segunda semana de septiembre de 2014, después de aquel encuentro fortuito del salón de Letras. En esa escuela iniciaban sesiones de tertulias literarias, organizadas, en conjunto, con la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia.
El 23 de octubre es la primera. El homenajeado es Julio Cortázar, en su centenario. Todos los presentes tienen que leer. Elva está apenada y, un Jonás que recién la conoce, la levanta de la banca.
Mariposas.
Expectativa.
Lectura.
Beso.
La crisis matrimonial, desencadenada por el hambre, demolió ese momento idílico. Ahora, todo lo que hay es un Jonás que busca cosas que hacer, en casa, para no mirarle la cara a esa mujer a quien recitó poemas.

Escena 10
El esposo de una de las tías de Jonás ha comenzado a enviar, dinero desde Chile, con el propósito de ampliar la casa. Él se ha incorporado a los trabajos de albañilería.
Como parte del pago, la señora le sirve tres veces al día: desayuno, almuerzo y cena. Pero no le da comida para Elva.
Por necesidad, la pareja acuerda que ella comiera ‘lo poquito’ que hubiera en su casa.
Los fines de semana ella visita a sus papás; no obstante, la pena de estar pasando hambre interrumpe esa costumbre.
En la sala de la casa se escucha a Elva decirle a su mamá es que no tenemos pasajes para ir. O nos quedamos viendo películas. Cualquier excusa es buena opción. Lo importante es no salir.
En medio del caos, la hermana de Jonás vuelve a enviar dinero, dinero que alcanza para tres harinas, dos kilos de arroz y un kilo de pasta.
Y la madre de Elva, perceptiva como siempre, manda a llamar a su hija para darle tres kilos de pasta, tres de arroz harina y uno lenteja.
Elva la mira y llora. Llora de la emoción de ver que no está sola.
Esa comida, a duras penas, cubrirá tres o cuatro semanas de hambre. Eso si la ahorran al máximo.

Escena 11
Elva está delgada. Se le notan los huesos que sirven de base para que nazca el cuello. Sus padres lo han notado. Y a ella no le que ha quedado más remedio que mentir: estoy haciendo ejercicios con Jonás.
A espaldas de todos, va cada mediodía al comedor central de la Universidad del Zulia. Con sorpresa, se percata de que no están sirviendo proteínas; solo arroz y ensaladas. Pero algo tiene que comer para aguantar.
Jonás ha empezado a trabajar en un cyber cercano a la Universidad Rafael Belloso Chacín, justo en la prolongación de la Circunvalación 2. El encargado-dueño vendía “dulces” y él los fiaba para llevárselos a su esposa.
Han sido semanas en los que ‘se marean y se mueven’ bastante bien.
Ha amanecido y Jonás se encuentra con que vuelve a perder su empleo. El castillo de naipes en el que se han escudado se ha caído.
Justo ahora llega una propuesta asesina: ‘vénganse a vivir con nosotros’, resuelve la madre de la muchacha.
—Nosotros vemos con preocupación que Elva ha perdido peso y, tú, Jonás, estás débil. Lo sabemos desde enero, porque fuimos a su casa y vimos la nevera (…) Es mientras se acomodan…
Desde ese día, Elva y Jonás han peleado todos los días.

Escena 12
La decisión inminente, después de múltiples retrasos, se ejecuta. Nada le ha dolido más a Elva que regresar a su casa. Al principio, siente que ha fracasado. Después, empieza a ver la circunstancia desde otro ángulo.
Mis ojos ven justo ahora cómo Elva y Jonás se abrazan en el terminal terrestre de Maracaibo, en centro de la ciudad. Él lleva una maleta y su mochila, ella solo porta sus lágrimas.
Hay movimiento allí. Un par de agencias de “viaje” trasladan pasajeros a San Antonio del Táchira, justo en la frontera con Colombia. Es hora de embarcar.
Mis ojos me ven a mí misma evitando el contacto visual con mis papás. Este ejercicio retrospectivo no lo había hecho hasta ahora. Observo a sobrinos llorando por sus tíos y amigos deseándose lo mejor.
Miro a parejas despegarse y prometerse volver a verse pronto. Y miro a Jonás recitarle al oído a su mujer el mismo poema que los unió en 2014.


 

Texto: Isabel Cristina Morán
Fotos: Iván Ocando 

 

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